Un deseo oculto
Un día el señor K llego a Chinatown. Estaba mareado algo desconcertado del lugar en donde estaba. Llevaba una bolsa de papel en la mano. Al ver que su vecino, el señor Barker había desaparecido encontró una tienda con un cartel, el cual le hacía una invitación, “Todos tenemos un deseo oculto”.
K entró y un joven chino de una belleza muy peculiar, una larga cabellera negra; los labios rojos como si se los hubiese pintado. Vestía un traje tradicional de su país, de tela negra con bordados de aves de distintas pigmentaciones.
El joven, quien se llamaba Yin dijo que aún le costaba adaptarse a las costumbres occidentales. Le estiro la mano al señor K.
- De donde vengo sólo hacemos una venia. Pase usted; seguro que aquí encontrara lo que busca.
El lugar era deslumbrante. Cargado de ornamentos exóticos. Los dorados dragones brillaban sobre cortinas escarlata. En el centro de la habitación se hallaba una pequeña mesa de patas cortas. Encima de ella, una tetera con dos tazas de porcelana.
Yun quien había estado esperando al señor K le pide que pase y que tome asiento.
- ¿Cómo me conoce?
- El señor Barker me ha hablado de usted.
- Barker…hace días que no lo veo.
- Compro un teseracto…una reliquia que llego desde India. Quedo enamorado y, como era de esperarse, emprendió su destino. Ya sabe cómo era ese hombre…un sujeto, “peculiar”, por así decirlo…Vivía en un eterno viaje de placer…y vaya si lo conocí –soltó una risilla-.
Voy a echarlo de menos, sin embargo…era uno de mis mejores clientes.
- Veo que lo conocía muy bien.
- Mejor que usted …Pero no se preocupe, sé que le tenía micha estima.
El señor K y y Barker no se conocían mucho, no habían interactuado solo se habían observado a lo lejos, lo suficiente como para saber que eran unos tipos extraños. Yun le producía una sensación rara e incómoda la K, una mezcla de intriga y tensión intimidante; como si le estuviesen tocando los pensamientos. Tuvo el impulso de marcharse, pero Yun le retuvo el brazo. Se paró antes que él y lo llevo a la habitación de al lado.
En la vitrina se hallaba un horripilante bicho de cuerpo verdoso. Tenía el tórax alargado y seis patas delgadas que terminaban en pequeñas tenazas puntiagudas; cada una de ellas poseía pequeñísimos dientes. Sus diminutos y redondos ojos resplandecían en la sombra, y cuando le miraba fijamente, emitía un delicioso canto discordante con un espécimen como él. Era un canto que jamás había escuchado en otro animal. De no ser por la ausencia de palabra, podría decirse que se trataba de una voz casi humana. Era, pues, una bestia preciosa.
- Sirene es un bicho delicado, Señor K. Debe cuidarle bien.
- ¿Sirene…?
- Así se llama nuestro amigo… o mejor dicho, amiga; es una hembra única en su especie. La trajo un viajero egipcio. ¿O era griego…?... Es que pasan tantos por aquí que ya me cuesta recordar. Pero eso no es lo importante. Lo más importante, es cantar.
K le miró extrañado.
- Disculpe, pero no le entiendo.
- Por las noches debe hacerle cantar. Ya ha descubierto cómo; sólo tiene que mirarle fijamente a los ojos. A ella le encanta cantar, y estoy seguro de que a usted le encantará que lo haga.
K pensó que aquel chino estaba loco, pero él también lo estaba. Así que entregó la bolsa que había llevado y cargó al animal.
Yin le dio el bicho y un sarcófago del tamaño exacto de la criatura; para que durmiera durante el día. En la noche solo tenía que darle agua. No necesitaba comer.
- Usted solo preocúpese de hacerle cantar. Con eso la vida de su mascota estará asegurada. Solo una advertencia, no deje que otros la vean, es una chica celosa.
A k no le preocupo la advertencia pues era un tipo solitario, sobre todo después del incidente.
Esa noche k destapo a su nueva criatura. Dormía boca arriba y con las patas cruzadas. Le echo tres gotas de agua sobre su trompa y el animal despertó de inmediato. Estaba en medio de la oscuridad, las ventanas estaban cerradas; lo único que iluminaba la habitación eran los pequeños ojos dorados de Sirene. No hizo falta que hiciera esfuerzo para mirarla; al parecer la criatura tenía el poder de hipnotizarle.
Comenzó a cantar era una voz aguda y melodiosa; mantuvo la mirada fija durante varios minutos y sintió que sus latidos comenzaban acelerarse. No se había sentido así desde aquella ocasión. Sintió un sudor frio cayéndole por la frente y ante sus ojos, el pequeño animal dejo de serlo. Primero aumento su tamaño, alcanzo la talla de un hombre normal y lo rodeo con sus largas patas. Clavo los dientes de sus tenazas entre sus vertebras, la ropa del señor K se hizo trizas, ella se forro de carne.
Atónito el señor k balbuceo:
- Selena que haces aquí.
Al principio no hubo respuesta, ella tenía su rostro, la mirada, el tono de voz; salvo por la incapacidad de emitir palabras y ese ligero tono verdoso que la rodeaba, era una doble perfecta. Sirene tenía el verde por todos lados, oscuro en sus cabellos, encendido en los ojos, suave, casi pálido, en la piel.
La mujer siguió cantando, él se desmayó.
Era evidente que había perdido sangre. El sol se colaba por las rendijas. Sentía el cuerpo flojo pero a la vez extremadamente pesado como para levantarse. Se quedó por varias horas mirando al techo, hasta que el hambre y la sed empezaron a angustiarle. Estaba ansioso, pero más que su propia supervivencia, le aterrorizaba no encontrar a su bestia por ningún lado. Dio un hondo respiro e hizo un esfuerzo sobrehumano por ponerse en pie. No buscó bocado ni gota de agua hasta asegurarse de que Sirene estaba en el sarcófago. Había vuelto por su cuenta y se hallaba segura. Era un bicho inteligente.
Volvió a la tienda. Yin despachaba a un sujeto con una caja enorme.
- ¡Que le vaya bien, Señor Sebastián! ¡Recuerde las advertencias!
El hombrecillo apretó la caja contra el pecho y casi se descalabra. Lo que sea que llevase dentro, medía mucho más que él.
- ¡Usted! –le llamó K.
- ¡Señor K, qué gusto!
Yin se acercó rápidamente presentando su enorme sonrisa. K se hizo hacia atrás.
- ¡Pero qué hace!
- ¡Me alegro de verle! ¿Qué le ha parecido su compañera?
- ¿Me puede decir qué es lo que lleva ese sujeto en esa caja enorme? ¿¡Qué se supone que vende usted!?
- El Señor Sebastián es un poco torpe… –suspiró-. Yo le he dicho que Gala es un prototipo, que vendrán muñecas perfeccionadas más adelante, pero él que no lo entiende.
- ¿Le vendió una muñeca inflable?
- Por favor, no sea ordinario. Le vendí una muñeca animada; eso es mucho más simpático. Pero, pase, pase, que el té espera…
- ¿Es que siempre está bebiendo el té?
- Siempre es buen momento para el té…
Al igual que la vez anterior. Le apretó del brazo y le hizo entrar. Se sentía consternado.
- Cómo consiguió a Selena –dijo tragándose el té.
Acababa de quemarse las entrañas. Fue necesario que el chino le sirviera una jarra entera de agua fría.
- Señor K, con todo respeto, no entiendo de qué me está hablando.
- Usted conocía a Selena, mi aman… mi muj… Lo que sea, usted la conocía.
- Yo detecté un corazón ansioso y solitario, Señor K, y le ofrecí la mascota perfecta, a precio de regalo además… o me va a decir que una bolsa de pasteles fue un precio alto.
- ¿Nunca cobra en efectivo?
- Mi abuelo es millonario, no necesito más dinero… Por cierto, los pasteles estaban deliciosos; adivinó mis favoritos –guiñó el ojo.
- ¡Da igual! ¡Me puede decir cómo es que…!
- Cómo es que qué.
- ¡Nada!
- Se le ve nervioso, Señor K… Respire, que no soy policía.
Se puso pálido como papel. Sintió que sus dientes tiritaban y sus rodillas chocaban contra el suelo.
- Creo que debo irme…
- Oh, sí. Es mejor que descanse.
Le llevó hasta la puerta. Cuando K ya apuraba el paso, escuchó la voz que le decía: “¡Vuelva pronto!”.